Diciembre en
estos días sabe a pesadez, incertidumbre, ando estos caminos de la vida entre sonámbulo
y ensimismado tal vez en el dolor, en la soledad de sentirme lejos de la
familia y mi tierra, pero feliz por estar con quien amo. Saberme feliz porque
hago lo que tanto me gusta.
Ando por
estos parajes de la vida con los dolores parturientas de la llegada de Jesús y
los acorralados momentos vividos por las desvirtudes. Ando -claro está-, con
esa alma andariega que me acompaña sin miedo, que me busca en las tinieblas. Esta
alma acompañante sabe que cuando no me siente, estoy perdido en la noche y para
encontrarme grita y el eco de su voz llega hasta mí para volver a su lado.
Diciembre es
de esos meses que duelen mucho y saben poco.
Como ya saben
todos los católicos y no católicos, por estos tiempos se celebra el tiempo litúrgico
del Adviento. Pasa que la Navidad es ese tiempo que todos los que tenemos
familia y alguien a quien añoramos, siempre queremos estar cerca de ellos. A mí,
llegaron pensamientos fugitivos de todas esas personas que en el pasado y el presente
son felices, aun estando lejos de quienes aman; pienso en personas como los
misioneros, que con suma entrega y vocación se han dado a la AVENTURA de
anunciar la llegada del Mesías, la existencia de Dios. Pasaron por mi memoria
los relatos de santos –que tantas veces leí- donde la tristeza no se concebía
como algo que haga feliz el corazón de Dios.
En esos
momentos, no sé, si por inspiración divina o que cosa pasó, pero me sentí sobrecogido
sabiendo que aun en la distancia estoy sirviendo a Dios y que mi familia está
bien. Sé, que esas fechas estaré en el servicio del altar, o del coro, o de la
liturgia, estaré en MISA.
Pensaba aun más,
en esas personas que no encuentran la alegría de las fiestas vividas en la
distancia de su tierra y familias.
Yo sé que es
duro pasar lejos, sé que es difícil aun sabiendo que uno sirve a Dios, el hecho
de saber que la familia anhela junto a uno, la presencia. Este aventurero, es
feliz aun en la distancia, aun en la soledad del espacio, en el silencio
sabroso y amargo de Dios.
Encuentro mi
fortaleza en Dios que es mi fuerza.

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